Colapso / Renacimiento (Parte 2)

Cuatro etapas en el Camino

Colapso / Renacimiento (Parte 2)

(Viene de la Parte 1)

El camino

El primer paso en el Camino, cualquiera que sea la forma y el lenguaje que este adopte, es la comprensión de los mecanismos de aprisionamiento de la conciencia realizado por ella misma. Esta es información comprensible. Para prepararse para una fuga, primero hay que estudiar detenidamente el plano de la prisión, sus puntos débiles, el ritmo de los cambios de guardia, los días y las horas de abastecimiento o traslado, etc., y conocer los rudimentos de la vida extramuros.

El segundo paso es la sensación dolorosa de la presión del ego, la experiencia íntima de su dominio multifacético y sus consecuencias en el cuerpo, en las emociones y en los pensamientos. Este conocimiento de primera mano dará a la información inteligible sabor, relieve, color. La anima, le da vida y despierta un poderoso deseo de liberación, un impulso dinámico. Sin esta animación, sin este suplemento indispensable del alma, sin esta emoción, sin esta corriente, la comprensión puramente intelectual sigue siendo letra muerta, un interés superficial: no mueve nada, no nos pone en movimiento; nos abre los ojos, pero nos quedamos paralizados. No es lo mismo leer un artículo sobre una hambruna o una dictadura que sufrirlas en carne propia. La información se convierte en conciencia clara a través de la experiencia interior.

El tercer paso es el compromiso personal con el Camino, la desobediencia consciente y voluntaria, en el día a día, a los mandatos del ego, basado en la comprensión, el autoconocimiento y la aspiración a la emancipación. Es un trabajo de despojo, de neutralización de automatismos, de entrega al propio Camino. El resultado es una especie de incómoda ligereza, de despojo liberador, pero también una inmensa gratitud por poder poner fin a décadas de autoesclavitud.

El cuarto paso se deriva con naturalidad de los anteriores. Es una actitud nueva, no programada, ante las circunstancias, los acontecimientos, los encuentros; una actitud, en todos los aspectos de la vida, que espontáneamente tiene en cuenta el interés del conjunto, del bien común que incluye (pero no se limita) a uno mismo. Un desinterés lúcido, una amabilidad libre de toda expectativa.

El cultivo y florecimiento de estos cuatro aspectos del Camino abre la puerta a un nuevo mundo, un campo de conciencia previamente inexplorado. No es un lugar más o menos lejano al cual nos habría llevado nuestro viaje. No, el nuevo mundo siempre ha estado, sigue estando y siempre estará aquí. Simplemente, nuestro anterior estado de conciencia, inapropiado por ser egocéntrico, nos negaba el acceso a él. Cuando se disipa la espesa niebla del egocentrismo, aparece una nueva realidad. No se trata de un «viaje hacia», sino de una elevación progresiva del nivel de conciencia; esta abre un campo de percepción completamente diferente, permite la entrada efectiva en ella y revela una nueva capacidad de acción.

Soñar con una sociedad equitativa, no violenta, basada en el respeto al bien común y a la naturaleza, sigue siendo una utopía si no se resuelve prioritariamente la cuestión del ego. Es como diseñar un redil donde las ovejas puedan llevar una vida feliz, sana, equilibrada y plena, sin pensar primero en la eliminación del lobo que lo habita.

La destitución del ego es la condición sine qua non para la resolución de la actual crisis multifacética. En la medida en que esta crisis global pone de manifiesto la posibilidad de una inminente y violenta extinción de la especie humana -una extinción debida a las consecuencias de su propia forma de pensar, desear y actuar-, podemos deducir que el despertar de una nueva conciencia liberada de los automatismos del ego es un paso necesario, si queremos plantearnos nuestra supervivencia colectiva. Parafraseando a André Malraux: el ser humano del tercer milenio será espiritual o no será más. Esta es nuestra primera y última responsabilidad. Si no asumimos esta tarea, entonces nuestros esfuerzos por preservar el planeta y la humanidad serán una agitación vana e insuficiente.

Solo el surgimiento del nuevo (¡y eterno!) paradigma esbozado más arriba, la silenciosa y asidua autorrevolución interior, posiblemente acelerada por el amenazante final, será capaz de sembrar las semillas de un renacimiento civilizador que haya sido capaz de sacar las consecuencias del pasado, del extravío fundamental del que somos a la vez responsables y víctimas.

Nuestra única opción, nuestra única libertad, radica en la actitud que adoptemos hoy aquí frente a la incertidumbre que caracteriza nuestra existencia.

La sociedad que nos rodea es una construcción de la que nosotros somos las piedras vivas. Si las piedras se están desmoronando, desintegrando, ¿qué duda cabe de que la construcción colapsará? No es una nueva disposición de las mismas piedras lo que hoy necesitamos con urgencia, sino una transformación radical, una verdadera mutación, una regeneración, una curación espiritual de estas piedras que somos. Solo entonces podremos hablar de una nueva organización de la humanidad, una organización saludable, pacífica, inspirada, amorosa y feliz.

El egocentrismo, – esa enfermedad de la conciencia, esa droga alucinógena que hace que el ser humano sea capaz de creer que está en el centro de todo -aunque invisible, no reconocido, domina universalmente.

La tan anhelada «solución» no vendrá de un nuevo modelo de organización sino que radica en el (re)nacimiento de un nuevo hombre, de una nueva mujer, regenerados desde dentro a través de un trabajo intenso, profundo, sincero, perseverante e intransigente sobre uno mismo. No en el intento de alcanzar alguna meta, por loable que sea, sino a partir de una comprensión, una aspiración y una angustia arraigadas en lo más profundo del ser, ese abismo inaccesible al ego; sobre la base de la certeza de que este es el único Camino que quiere, necesita y puede tomar, y sobre la base de una genuina y desesperada compasión por su humanidad doliente.

Como colectividad humana, estamos peligrosamente cerca de un punto de ruptura histórico. El muro fatal ahora está muy cerca, y estamos acelerando cada día. Esta situación, sin precedentes en la historia planetaria porque es global, en la que las actividades de una especie amenazan la supervivencia de todas las demás, incluida su propia supervivencia, es a la vez angustiosa y emocionante. Porque nos obliga a nosotros, sus perpetradores, a determinar la medida de nuestra ceguera, de nuestra locura, a abrir los ojos y remediarla activamente. Tenemos así la «oportunidad» sin precedentes de vernos, por así decirlo, obligados a abandonar nuestras prerrogativas, nuestras concepciones erróneas y destructivas de nosotros mismos, de nuestros semejantes y de los seres vivos, para finalmente dar el salto cuántico al que siempre nos han invitado las tradiciones espirituales: dar el paso decisivo hacia una revolución total de la conciencia, única salida al gran problema en que nos hemos convertido como individuos y como especie. No estamos ante un problema: somos el problema mismo. ¡Todas las demás especies que aún viven en la tierra podrían dar testimonio de esto si pudieran hablar!

La colisión, el choque actual -del que somos a la vez testigos y actores- opone por un lado nuestra aspiración infinita a un mundo de Luz y, por otro lado, un mundo material aparente cada vez más oscuro, pesado, complejo, agitado, asfixiante, injusto, inhumano, difícil de habitar. Por un lado, nuestra sed de una nueva humanidad se orienta hacia la Fuente interior de la que todo procede.  Y, por otro lado, sufrimos una conciencia del yo cada vez más densa, cristalizada, tensa y atenta a sus preocupaciones e intereses inmediatos; dominada por el miedo a la pérdida o la carencia, por su desmedida codicia por el control, las posesiones materiales, el placer y la seguridad. La crisis actual es, de hecho, el resultado de esta división interior, de este profundo desgarramiento del ser, que se ha vuelto insoportable.

Un nuevo ser humano debe nacer, nacerá, entregado por nosotros mismos, totalmente limpio de la escoria de la ilusión y del devastador egocentrismo de la realidad. Solo puede (re)nacer de las cenizas del ego. El camino de regreso a la sabiduría ya no es una opción: es el ultimátum que la naturaleza y nuestra propia supervivencia nos están dando. Al borde de este camino florecen y crecen las flores del sentido común, la sobriedad, la humildad, el conocimiento y respeto a las leyes de la vida, la conciencia de la unidad de todo y de todos, la responsabilidad y la compasión.

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Fecha: noviembre 17, 2021
Autor: Jean Bousquet (Switzerland)
Foto: Olga Boiarkina

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