El significado espiritual del equinoccio de primavera

El significado espiritual del equinoccio de primavera

Desde tiempos inmemoriales, las civilizaciones del pasado y los iniciados han considerado los solsticios y equinoccios como días especiales, llenos de magia y poder.

Señalar el cambio de estación, la transición de las estaciones frías a las cálidas o viceversa, era una oportunidad para que la gente corriente celebrara los ciclos de la Madre Naturaleza que, fecundada por el Sol, da frutos para alimentar a todos sus hijos terrenales. Para los iniciados era un momento sagrado en el que podían sintonizar interiormente con el aspecto espiritual del Sol.

Las enseñanzas esotéricas universales dicen que el Sol tiene dos aspectos:

  • en primer lugar, manifestándose en el plano material, dotando al mundo de vida y energía vital, impulsando a toda la existencia a la reproducción, al crecimiento físico y a la evolución,
  • en segundo lugar, manifestándose en el plano espiritual, ofreciendo a los adeptos consciencia, iluminación, esclarecimiento, sabiduría, clarividencia, inspiración y todas las virtudes que nacen al calor del Amor divino.

A lo largo de la historia, el drama cósmico anual de la muerte y resurrección del Sol se ha revestido de diversos mitos e historias que pretendían:

  • explicar el fenómeno del cambio estacional,
  • aportar la esperanza de que, tras la muerte del cuerpo físico, no moriremos del todo, sino que renaceremos en otro mundo,
  • y, por último, transmitir de forma alegórica profundas verdades sobre el renacimiento espiritual y la liberación del alma del ciclo terrenal de nacimiento y muerte.

Por lo tanto, este drama se refería de forma fractal (simultánea) a tres niveles de la existencia humana, a saber: el físico, el psíquico (es decir, en relación al alma) y el espiritual.

En la ciencia esotérica, el Sol siempre ha sido un símbolo y una representación de la consciencia humana. Esta consciencia –como el Sol que renace constantemente viajando por el Zodíaco– debe aprender doce lecciones principales en el transcurso de la reencarnación; debe morir y renacer simbólicamente doce veces y allanar así el camino hacia la liberación.

El tema de este artículo trata de la energía del equinoccio de primavera y de los aspectos del conocimiento espiritual relacionados con ella.

Perspectiva astronómica

En el hemisferio norte, donde reside el autor, el equinoccio de marzo es el momento en el que la Tierra atraviesa el punto de su órbita en el que los rayos solares caen perpendicularmente sobre el Ecuador y son simultáneamente tangentes a su superficie en los polos. A partir de ese momento, durante medio año, el Polo Norte está más cerca del Sol que el Polo Sur (es decir, el Sol ilumina más el hemisferio norte de la Tierra)[1]. En otras palabras, el equinoccio de marzo es el momento en que la trayectoria elíptica del Sol, vista desde la Tierra, cruza la extensión celeste del Ecuador terrestre, por lo que el Sol abandona el signo de Piscis y entra en el signo de Aries.

Si nos situáramos en el Ecuador en el momento del equinoccio de primavera, el Sol estaría directamente sobre nuestras cabezas. En este día, llega la misma cantidad de luz solar a los hemisferios norte y sur, y el día dura aproximadamente lo mismo que la noche.

El mensaje del cristianismo interior

En el cristianismo esotérico el aspecto espiritual del Sol ha sido llamado el Cristo. En forma de Luz, Cristo desciende a la Tierra cada año para energetizarla, como dice Max Heindel: «porque, sin esta infusión anual de Vida y Energía divinas, todos los seres vivos de nuestra Tierra perecerían pronto; y todo progreso ordenado se vería frustrado en lo que respecta a nuestras actuales líneas de evolución»[2].

A nivel místico, el nacimiento, la muerte y la resurrección del Salvador-Sol tienen lugar cada año. En el solsticio de invierno el impulso de Cristo desciende al núcleo de la Tierra y lo satura con su Luz. De Navidad a Pascua, este impulso se ofrece inconmensurablemente, dando vida no solo a las semillas latentes, sino también a todo lo que nos rodea, sobre la Tierra y en la Tierra.

Durante los meses de invierno, el Espíritu de Cristo sufre el tormento de tener que bajar sus vibraciones y entrar en contacto con el bajo estado de consciencia reinante en la Tierra. Espera el día de la liberación, que coincide con el tiempo que en las Iglesias ortodoxas se denomina Semana Santa o Passiontide. Según las enseñanzas místicas, esta semana es la culminación o la cima de la ola de Su sufrimiento y el momento en que se libera de la prisión.

Cuando el Sol cruza el Ecuador y los rayos solares que caen perpendicularmente al Ecuador crean el signo de la cruz, «Cristo clavado en esta cruz» grita: «¡Consummatum est!» – «¡Se ha cumplido!» Esto significa que la tarea anual ha sido completada. No es un grito de agonía, sino un grito de triunfo, de gran alegría por haber llegado la hora de la liberación y poder remontarse de nuevo durante algún tiempo a los espacios espirituales, liberado de las cadenas de nuestro planeta.

El impulso espiritual de Cristo abandona la Tierra después de Pascua, cuando el Verbo, el Logos, asciende al Cielo en Pentecostés. Pero no se queda allí para siempre. El 21 de septiembre iniciará de nuevo su viaje hacia la Tierra.

Durante el periodo que va de septiembre a marzo, cuando el Espíritu de Cristo reside primero cerca de la Tierra y luego en su núcleo mismo, estamos más intensamente saturados de las vibraciones místicas características del invierno y, a partir del equinoccio de primavera, las energías son de naturaleza más material, lo que nos proporciona la fuerza y el valor necesarios para afrontar los retos de la vida.

La energía del equinoccio

El equinoccio es un símbolo del equilibrio entre la luz y la oscuridad, un equilibrio que puede darse en nuestro interior. ¿Qué significa esto? ¿Significa ese estado de tibieza sobre el que nos advierte el Apocalipsis de Juan?: «Conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fuerais lo uno o lo otro! Por eso, porque eres tibio –ni frío ni caliente– estoy a punto de escupirte de mi boca». (Ap. 3,15-16)

Por supuesto que no. Las energías del equinoccio nos enseñan equilibrio y neutralidad frente a las manifestaciones de luz y oscuridad que encontramos cada día. Esta neutralidad proviene de la consciencia de que nuestra comprensión de la realidad es limitada. Lo que en el plano terrenal percibimos como malo, indeseable, incómodo o desagradable, desde un punto de vista superior es muy probablemente algo que nos tuvo que ocurrir –como almas– para evolucionar. Desde un punto de vista espiritual, tanto lo que es luminoso como lo que es oscuro en nosotros le sirve a Dios para conocerse a Sí mismo. Por lo tanto, Dios nunca nos juzga. Como dice el famoso refrán «El sol brilla por igual sobre malos y buenos». Sin embargo, esto no nos da derecho a hacer daño a los demás de forma consciente y despreocupada. Si pensamos y actuamos así, rápidamente seremos enmendados de este error por la ley correctiva del karma. Dios es Amor y nos llama a ello. Las doce lecciones espirituales principales que hemos mencionado anteriormente implican que el alma absorba diversos aspectos de esta Fuerza tan poderosa del universo.

Aries, el ego y la chispa del espíritu

En la anterior era de Piscis, la era de Aries, el «yo» humano ganó soberanía e independencia. El ser humano adquirió consciencia de su propia individualidad y comenzó a liberarse lentamente de la influencia de la conciencia de grupo y de los espíritus que se ocupaban de ella. En esta etapa de su evolución, aún era primitivo, estaba inmerso en una gran ignorancia espiritual y apenas empezaba a aprender quién era.

La parte del cuerpo asignada al signo zodiacal Aries es la cabeza. Es la sede de la consciencia humana, egocéntrica, separada del Espíritu.

En el primer capítulo del Evangelio de Juan, que en la versión polaca de la Biblia se titula «La primera Pascua – Testimonios y señales»[3], Juan el Bautista se refiere a Jesús primero como el «Cordero de Dios» y luego como el «Hijo de Dios». Citamos:

“Al día siguiente, Juan vio a Jesús que venía hacia él y dijo: «¡Mira, el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo! A este me refería cuando dije: ‘El que viene detrás de mí ha sido antepuesto a mí, porque era antes que yo’. Yo mismo no lo conocía, pero a fin de que él fuera manifestado a Israel es por lo que vine a bautizar con agua”.

Luego Juan da este testimonio:

«Vi al Espíritu descender del cielo como una paloma y permanecer sobre él. Yo mismo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer en Él es el que bautizará con el Espíritu Santo'». (Juan, 1, 29-33)

Por supuesto, no es casualidad que, en la fiesta de la Pascua, celebrada en el primer mes primaveral del calendario judío, Juan se refiera al símbolo del cordero para describir a Jesús. En la fiesta de Pascua se sacrificaban animales. Según el Evangelio de Juan, Cristo fue clavado en la cruz cuando los judíos estaban sacrificando corderos para la cena de Pascua. Este mensaje debe leerse alegóricamente. En el lenguaje mistérico se refiere en primer lugar al final de la era de Aries; en segundo lugar, a la finalización del sacrificio anual realizado por el Sol; y, en tercer lugar, al conocimiento de que para liberarse del ciclo terrenal de nacimiento y muerte hay que «crucificar» el propio «yo» egocéntrico, cuyo símbolo puede asociarse a Aries.

En estas pocas frases encontramos una referencia alegórica al proceso alquímico por el que debe pasar el candidato para volver a ser Hijo de Dios. En primer lugar, necesita limpiar su espacio interior con perseverancia y subordinar toda su vida al elemento divino presente en su corazón. Esta es la etapa inicial, que en las enseñanzas del cristianismo interior se denomina «fase de Juan». El elemento divino oculto en el corazón es la llamada Chispa del Espíritu, a partir de la cual, como de una semilla, puede desarrollarse un cuerpo luminoso y solar del Alma, representado en la Biblia por Jesús. En un largo proceso de transformación, el alma humana se rodea de luz y, finalmente, está preparada para conectar con el Espíritu. Gracias a esta conexión los pecados del mundo son «borrados», lo que significa que el ser humano se libera de la necesidad de renacer de nuevo en la Tierra. La culminación de este proceso es la crucifixión final del falso yo egocéntrico, sellada con el grito «Consummatum est», «Se ha cumplido».

El ego espiritual

Tal vez pensemos que la crucifixión del «yo inferior» debe implicar una actitud hostil hacia este aspecto y la necesidad de combatirlo. Sin embargo, esta actitud conduce al desarrollo del llamado «ego espiritual», que es la voz del crítico interior, que juzga todo lo que en nosotros consideramos malo, egocéntrico o inferior. Este «ego espiritual» es una imitación de la voz del «Triple Ego» divino, nuestro verdadero yo, a través del cual la Mónada puede manifestarse.

Como resultado de ello se produce una situación absurda, a saber: nuestro «ego espiritual», es decir, el aspecto pseudo-espiritual del yo inferior, critica otros aspectos del yo inferior y quiere «crucificarlos», eliminarlos. Es un círculo vicioso que no lleva a ninguna parte. La verdadera «crucifixión del yo» solo puede realizarse con la ayuda de la Luz. La Luz vertical espiritual atraída por nosotros a través de la Chispa del Espíritu debe ayudarnos a iluminar la oscuridad de nuestra personalidad horizontal, atrapada en el tiempo.

Paradójicamente, para que el yo disminuya tenemos que prestar más atención a los aspectos de nuestro yo que mas causan problemas. Hay que reconocer la Sombra y devolverla a la Luz. Sin embargo, esto solo será posible si dejamos de estigmatizarla y de considerarla «mala». En algún momento de nuestro viaje terrenal hemos necesitado esta experiencia. La neutralidad ante las manifestaciones de la luz y la oscuridad solo puede aparecer si va precedida del respeto por todo lo que hay dentro de nosotros y a nuestro alrededor. Esta es la sabiduría de la energía del equinoccio.

 

Referencias

[1]En el hemisferio sur, donde las estaciones tienen lugar seis meses más tarde, el equinoccio de primavera (y todos los fenómenos espirituales relacionados) se producen en torno al 21-24 de septiembre (equinoccio de septiembre).

[2] «La Interpretación Mística de la Pascua» de Max Heindel. The Rosicrucian Fellowship.

[3] En la versión inglesa este capítulo se titula «John Testifies About Jesus» (“Juan testifica sobre Jesús”).

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Fecha: abril 8, 2024
Autor: Emilia Wróblewska-Ćwiek (Poland)
Foto: Coarse + fine on Unsplash CCO

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