Convertir la sombra en luz

El buscador de la luz busca la vida, solo busca la luz. La luz está en todas partes, dentro y fuera. Mirar a alguien o algo a la cara significa verlo al descubierto, verlo tal y como es. Significa percibir y comprender realmente. Eso es el amor: convertir las propias sombras en luz

Convertir la sombra en luz

Cuando la gente ve algunas cosas como bellas,
otras se vuelven feas.
Cuando la gente ve algunas cosas como buenas,
otras se vuelven malas.

El ser y el no ser se crean mutuamente.
Lo difícil y lo fácil se apoyan mutuamente.
Lo largo y lo corto se definen mutuamente.
Lo alto y lo bajo dependen el uno del otro.
Antes y después se suceden lo uno a lo otro.

Por eso el Maestro
actúa sin hacer nada
y enseña sin palabras.
Las cosas surgen y él las deja venir;
las cosas desaparecen y él las deja ir.
Tiene pero no posee,
actúa pero no espera.
Cuando termina su trabajo, lo olvida.
Por eso permanece para siempre.

– Lao Tzu: Tao Te Ching

Quien vive en la luz no tiene sombra, quien vive en la luz sabe cómo reconocer lo que no está en la luz porque ve en la oscuridad. Quien vive en la luz ve lo que la luz muestra en su totalidad, sin matices, en su plena realidad. Posee todas las cosas en sí, está en unidad con todo y con todos y, como no exige ni rechaza, no sufre ninguna pérdida.

Cuando decimos «bello», lo separamos de “feo”.  Si decimos «no es bueno» –y así lo pensamos,  incluso lo sentimos– lo delimitamos. Y, si decimos «alto», creamos “bajo». Lo que se separa crea una sombra. No desaparece porque lo excluyamos, porque nada puede desaparecer. ¿A dónde podría desaparecer? ¿No es todo una unidad? Pero lo excluido se expresa entonces de otra manera: como excluido, sometido. Es una dualidad manifiesta, en la que la polaridad, los opuestos, no son vistos y aceptados como los dos polos de una realidad de una misma vida.

Quien se separa por falta de aceptación pierde contacto con lo que no acepta: sin embargo, lo no aceptado sigue existiendo, lo lleva consigo como una sombra. Esta persona identifica su personalidad con lo que acepta. Y se identifica con una «imagen» de sí mismo que no se corresponde con la realidad.

Lo que se  considera justo, excluye la posibilidad de ser injusto. La propia rectitud entonces se juzga muy elevada, y surge un juicio de valor, calculando y sopesando todo a favor y en contra. Así, se coloca en este lado y no en el otro, porque una cosa le parece buena y la otra no. La tendencia a apartarse de un polo se convierte en un hábito que pronto conduce a la esclavitud, se ancla en una parte de la consciencia y distorsiona la realidad.

Lo que no queremos aceptar en nuestra identidad se convierte para nosotros en una sombra, no en la luz, no en la vida, no en la realidad, no en verdad,  solo en «lo dejado de lado». Esta sombra surge directamente de imágenes mentales creadas por nosotros, imágenes que nuestro «yo» imagina, pero de las que no somos conscientes.

Llamamos sombras a todas las posibilidades rechazadas de la realidad que el ser humano no ve o no quiere ver. La sombra es su mayor peligro, porque la posee sin saberlo. Todo lo que el ser humano oculta inconscientemente y más teme encontrar en sí mismo, lo proyecta como un mal anónimo sobre el mundo exterior. Así, lo que una persona más temería ver en sí misma, le mantiene la mayor parte del tiempo en constante movimiento y le hace estar siempre temerosa y a la defensiva. Al mismo tiempo, no sabe ni es consciente de que el miedo surge del rechazo de su propia realidad.

El ser humano está envuelto en esta ceguera, en este no querer ver. Hasta la muerte estará atado a sus identificaciones y proyecciones, y esclavizado por ellas. Estas proyecciones e identificaciones ponen de manifiesto la exclusión y muestran la sombra; lo que significa que lo que no queremos aceptar en nosotros mismos, lo trasladamos fuera para verlo y combatirlo allí, en el exterior. Entonces ya no tenemos nada que ver con ella, porque nos hemos «liberado» de ella. Sin embargo, esto es una ilusión, porque el yo, que se forma únicamente a partir de aquello con lo que se identifica, es responsable de nuestra separación de toda la existencia.

Nuestro yo lleva esta exclusión como una sombra a nuestro alrededor. La sombra es oscura, irritante, induce al miedo y, como una cadena, ata al prisionero. Sin embargo, la sombra nunca existe por sí sola, está conectada a la luz de la realidad y, para desaparecer, debe volver a la luz. Debe convertirse en luz. Por lo tanto, el buscador de la luz siempre se encontrará con su propia sombra, y primero tendrá que transferir su propia sombra a la luz. Tal persona tendrá que aceptar lo vil, asumir lo excluido, liberar lo sujeto, haciendo que vivan ambos polos dentro de sí, no solo en espíritu, sino con toda su alma y todo su cuerpo. Porque cuando en nosotros permanezca la más mínima noción del bien o del mal, nos marchitaremos a causa de nuestra sombra. La sombra nos conduce a la muerte, que es la sombra de la vida. La sombra nos sujeta con fuerza, no nos deja marchar, nos impide vivir la vida en plenitud. Además, ni siquiera con la más mínima idea de sombra nos encontraremos en la plenitud de la luz, ni en la plenitud de la vida, ni en la unidad. Así pues, la muerte, la sombra y el mal también están estrechamente relacionados; y son el lado oscuro del bien, por lo que en nada se diferencian del bien.

Hemos cargado la imagen de la sombra con todo lo que no consideramos bueno y a lo que llamamos malo. Lo que no consideramos bueno no queremos verlo, lo reprimimos, lo suprimimos, y lo que reprimimos, lo expulsamos de nuestra consciencia. Empujamos al inconsciente todo lo que no queremos y no nos gusta; entonces no queremos tener nada que ver con ello. No lo sabemos. Pero está ahí. Como una realidad oscura que se recuerda a sí misma constantemente, como una tensión en las zonas del inconsciente. Esta tensión extiende sus tentáculos hacia el exterior, y allí donde percibimos lo malo y lo no deseado, lucharemos contra ello. Tal acción es una necesidad para nosotros. Parece no solo justificado, sino incluso ética y moralmente necesario, luchar y exterminar esta sombra, este mal, dondequiera y comoquiera que se manifieste. Y el ser humano que lo experimenta no ve que en los demás está luchando contra su propio subconsciente, su propia sombra, lo oculto de sí mismo.

No es el mundo el que es malo, sino la perspectiva de quien se identifica con el bien y lucha contra el mal. Los ojos de quien se siente en soledad solo pueden percibir separación y división. El ser humano está bajo el hechizo de una lucha tan necesaria –así le parece– contra el mal y no se da cuenta de que todos sus esfuerzos son inútiles y deben fracasar constantemente, porque el bien y el mal son dos aspectos de la unidad y, por tanto, dependen el uno del otro para seguir existiendo. El bien vive del mal, y el mal vive del bien. Quien conscientemente apoya el bien, inconscientemente alimenta el mal. Luchar contra el mal nos permite sobrevalorar el bien. Con esta sobrevaloración adornamos a menudo la hipocresía, la bondad aparente, con la que tanto nos empeñamos en enmascarar nuestra nada y nuestra inconsistencia. Pues no se trata de un bien que solo puede ser bueno –pues solo sirve a la unidad–, sino de un bien que excluye y, por tanto, no puede ser bueno, porque provoca tensiones y conflictos.

El difícil autoexamen al que cada persona debe someterse no significa incurrir en grandes pérdidas, sacrificios, sino que es siempre una confrontación con la propia sombra. Implica la deprimente sensación de tener que mirar a la cara a todo lo que una vez rechazaste. La cara y las manos son las únicas partes descubiertas del cuerpo. Mirar a alguien o a algo a la cara significa verlo al descubierto, verlo tal y como es. Significa percibir y comprender realmente. Aceptar con las manos desnudas significa no rechazar más, unir lo separado, armonizar lo irreconciliable. Entonces se encenderá el amor, pues sin amor no hay vida.

Aceptar el mal como la propia polaridad y dualidad requiere valor. El coraje es fuerza. Sin embargo, se trata de un coraje sin lucha, en la calma que adquiere la clase de coraje que permite perseverar en un equilibrio sin consideraciones. Sí, en este camino serás sacudido, perturbado y asustado. Tu paz y tu apoyo te serán arrebatados, y a través de la pérdida de este apoyo te encontrarás con tu ego, que ha creado esta base de paz como un sucedáneo, como una defensa contra lo que no aceptamos. Somos esclavos de la sangre de estos sucedáneos; nos impiden ver la verdad. Durante un tiempo, estos sustitutos nos dan satisfacción. Nos ofrecen una liberación en el tiempo y en la dualidad; y como entonces estamos temporalmente liberados, no buscamos más. Saciamos nuestra hambre, nos apaciguamos, pero no hay verdadera realización, no hay verdadera libertad. La tensión vibra bajo la piel, en cada fibra, como una presión interna que intensifica las reacciones de evasión y represión; entonces este proceso ya no puede descargarse más que mediante la violencia, la ansiedad, la inquietud y los vicios. La tensión también se manifiesta desde otro lado, en sentido contrario: cuando se trata por ejemplo de la lucha por los ideales, el humanismo, la virtud, etc., porque la tensión es energía, y la energía conduce al movimiento. La energía debe fluir, y con la ayuda de la energía podemos realizar nuestras ideas, darles forma y expresarlas.

El buscador de la luz busca la vida, solo busca la luz. La luz está en todas partes, dentro y fuera. El buscador de la luz solo busca una conexión, una conexión con la luz. No le detiene ningún otro vínculo: dinero, poder, influencia, amistades, ostentación, comida, satisfacciones, ascetismo, imágenes mentales religiosas, imágenes mentales comunes, etc. Cada acontecimiento lo ve como una oportunidad, una invitación a la verdad. A través de cada acontecimiento, a través de cada persona, podemos conocernos a nosotros mismos, podemos observar nuestras reacciones como en un espejo.

Esto es el amor: convertir la propia sombra en luz. Enfrentarse al propio yo con su inercia  hacia la exclusión, para que finalmente desaparezca toda identificación y proyección. Esto es al mismo tiempo el fin del yo, el fin de la sombra. La realidad, el verdadero yo, llena entonces la forma, el cuerpo. La forma se conecta entonces con la fuente del amor y ve en todas las demás formas la misma posibilidad de amor. Por eso Lao-Tzu dice que la llamada colma la vida, porque contiene todas las cosas.

Este es el mensaje de nuestra época. Este mensaje vibra en los éteres de nuestro planeta; es el impulso de la vida. Que muera toda dualidad que no reconozca la unidad. Al morir no queda nada de lo viejo, ¡nada!  y como no queda nada, solo hay vida, luz; no hay sombra, no hay muerte. Ya no se habla de ego-personalidad; el ser humano se ha elevado a la unidad. El alma recién nacida y la luz son una, ya no hay sombra.

* Este artículo se basa en uno publicado en Pentagrama número 3/1986.

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Fecha: junio 20, 2023
Autor: Group of authors (Holland)
Foto: by Ashish R. Mishra on Unsplash CCO

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