Whitman identifica a los seres humanos con sus almas inmortales. Y nunca deja de alabar el canto de liberación del alma. Nos anima a atrevernos con todo en nuestro camino de vuelta a casa, hacia la unidad en Dios.
El poeta estadounidense Walt Whitman vivió entre 1819 y 1892. Durante su vida se le conoció como «el buen poeta gris» y «el santo de Camden». Autores posteriores lo describieron como un maestro espiritual, un visionario, «el profeta de una nueva era», «el hombre con conciencia cósmica» y uno de los grandes anunciadores del camino a la liberación.
Recopiló sus poemas –de una franqueza increíble– en su influyente colección Leaves of Grass (Hojas de hierba), que revolucionó la poesía. Un volumen que se fue ampliando durante su vida con cada nueva edición.
Los poemas de «Hojas de hierba» me han acompañado e inspirado desde mi juventud. Sobre todo en momentos difíciles, algunos poemas concretos de ese libro han sido para mí como faros, con un poder al que podía recurrir para levantarme el ánimo.
Es como si Walt Whitman me tomara de la mano (y a sus lectores en general) y nos condujera hacia una perspectiva elevada del mundo, de la vida y de los seres humanos.
El poeta puede ser como un amigo que comparte contigo sus pensamientos más íntimos con total franqueza, un «camarada», un compañero y guía del alma, alguien que conoce el gran júbilo liberador de la existencia.
Walt Whitman es, sin duda, para mucha gente, entre los poetas y pensadores, una de las mayores fuentes de inspiración. Al mismo tiempo, supone un enorme desafío. Pues qué debemos pensar de un hombre que escribe:
Alabo con voz eléctrica,
pues no veo ni una sola imperfección en el universo,
ni veo ni una sola causa o resultado en el universo que, después de todo, sea lamentable.
(Canción al atardecer)Veo algo de Dios las veinticuatro horas del día, y en cada momento.
(Canto a mí mismo, n.º 48)¿Me contradigo?
Pues muy bien, me contradigo.
(Soy grande, contengo multitudes.)
(Canto a mí mismo, n.º 51)Hay algo en mí —no sé qué es—, pero sé que está en mí. […]
No lo conozco —no tiene nombre—, es una palabra no dicha.
(Canto a mí mismo, n.º 50)
Estos poemas dan testimonio de un profundo conocimiento de sí mismo.
Un ser humano capaz de escribir tales palabras a partir de su propia experiencia ya no es un buscador. Ha encontrado. Ha explorado su yo interior y ha entrado en contacto con su ser más íntimo. Posee un conocimiento de primera mano; ha descubierto con sus sentidos internos «algo» dentro de sí mismo y está interactuando con ello.
Por lo tanto, es muy consciente de lo que significa ser humano, es decir, tener una participación directa en algo maravilloso dentro de sí mismo, en su propio ser.
Me imagino cómo sería estar permanentemente en este estado de felicidad. ¿Cómo percibiría el mundo?
Para mí, Whitman es un poeta hermético porque ve más allá de las cosas y los acontecimientos, hasta las fuerzas que actúan para llevar a buen término el «plan divino». Escribe:
Contemplar el universo mismo como un camino, como muchos caminos, recorridos por almas viajeras.
Todo se aparta para dar paso al progreso de las almas.
(Canción del camino abierto, n.º 13)
Es este «sí» grandioso a la vida en su conjunto –que lo abarca todo y no excluye nada– lo que Whitman canta en su canto de alabanza. Al hacerlo, el sabio poeta nunca excluye al «mal» ni a «los rechazados». Todo tiene su lugar.
Hasta que el sol no te condene, yo tampoco te condenaré.
(Arroyos de otoño, «A una prostituta cualquiera»)
Su amor universal se extendió por todo el mundo. En una sociedad en la que la esclavitud y los derechos de las mujeres aún eran cosa del futuro, la igualdad de género y racial le resultaba algo totalmente natural.
Rápidamente surgieron y se extendieron a mi alrededor la paz y el conocimiento que trascienden todas las discusiones de la tierra, […]
Y sé que el espíritu de Dios es hermano del mío,
y que todos los hombres que han nacido son también mis hermanos, y las mujeres mis hermanas y amantes,
y que el eje de la creación es el amor.
(Canto a mí mismo, n.º 5)
Incluso la muerte, uno de sus temas favoritos, no es para él más que una estación en el viaje de regreso a Dios.
El brote más pequeño demuestra que, en realidad, la muerte no existe,
y si alguna vez existió, condujo hacia la vida, y no espera al final para detenerla, pues dejó de ser en el instante mismo en que apareció la vida.
Todo avanza y se expande, nada se derrumba,
y morir es diferente de lo que uno suponía, y más dichoso.
(Canto a mí mismo, n.º 6)
Y así, Walt Whitman celebra un universo dinámico en el que todo existe para el desarrollo de las almas. También nos anima en estos tiempos turbulentos y apocalípticos con afirmaciones como la siguiente:
No hay interrupción y nunca puede haberla,
(Canto a mí mismo, n.º 45)
Para quienes anhelan el espíritu, Whitman es un auténtico guía espiritual que señala una y otra vez el tesoro espiritual que se esconde en el interior de cada ser humano. Es responsabilidad de cada individuo sacarlo a la luz y ponerlo al servicio de la humanidad:
Ya has soñado durante demasiado tiempo sueños despreciables,
Ahora te aparto la niebla de los ojos,
Debes acostumbrarte al resplandor de la luz y de cada momento de tu vida.
(Canto a mí mismo, n.º 46)Tú también me haces preguntas y te escucho,
te respondo que no puedo responder, debes descubrirlo por ti mismo.
(Canto a mí mismo, n.º 46)Todos te han encontrado imperfecto, solo yo no encuentro imperfección en ti, […]
Solo yo soy quien no coloca sobre ti ningún maestro, dueño, alguien superior ni Dios, más allá de lo que te espera en el interior de ti mismo.
(A ti)
Whitman identifica a los seres humanos con sus almas inmortales. Y nunca deja de alabar el canto de liberación del alma. Nos anima a atrevernos con todo en nuestro camino de vuelta a la unidad en Dios. Como un águila que empuja a sus crías (¡a nosotros!) fuera del nido –seguro pero estrecho–, para que ellas (¡nosotros: tú y yo!), confíen en sus fuerzas más íntimas y puedan volar por sí mismas; y así conquistar la inmensidad de la vida, el mundo más allá del «yo», y experimentar el campo de vida del alma misma.
¿Te atreves ahora, oh alma,
a salir conmigo hacia la tierra desconocida,
donde no hay suelo para los pies ni ningún camino que seguir?Allí no hay mapa, ni guía,
ni voz que hable, ni tacto de mano humana,
ni rostro de carne floreciente, ni labios, ni ojos, en esa tierra.No lo sé, oh alma,
ni tú tampoco; todo es un vacío ante nosotros,
todo nos espera, más allá de lo imaginable, en esa región, esa tierra inaccesible.Hasta que se aflojen los vínculos,
todos menos los eternos, el Tiempo y el Espacio,
y no haya oscuridad, ni gravedad, ni sentidos, ni ningún límite que nos cerque.Entonces brotaremos, flotaremos,
en el Tiempo y el Espacio, oh alma, preparados para ello,
Iguales, dotados al fin (¡Oh, alegría! ¡Oh, fruto de todo!) para cumplirlos, oh alma.
Susurros de Muerte Celestial, ¿te atreves ahora, oh alma?
Bibliografía utilizada y recomendada:
– Walt Whitman: Hojas de hierba (Leaves of Grass). Varias ediciones en español.
– Richard Maurice Bucke: Cosmic Consciousness – A Study in the Evolution of the Human Mind, chapter «Walt Whitman» (Conciencia cósmica: un estudio sobre la evolución de la mente humana, capítulo «Walt Whitman»).
– William Norman Guthrie: Walt Whitman (The Camden Sage) as religious and moral teacher (Walt Whitman [el sabio de Camden] como maestro religioso y moral), Cincinnati, The Robert Clarke Company, 1897.
– Roland D. Sawyer: Walt Whitman, the Prophet-Poet (Walt Whitman, el poeta-profeta), Boston, The Four Seas Company, 1918.
– Michael D. Sowder: «Walt Whitman, the apostol» (Walt Whitman, «el apóstol»), Walt Whitman Quarterly Review, 1999.
– Jan van Rijckenborgh, Catharose de Petri: La gnosis universal, Fundación Rosacruz. Los autores consideran a Walt Whitman en la misma medida que a Dante, Shakespeare, Jacob Böhme y Juan de la Cruz: por su importancia como testigo del camino hacia la liberación.
– Zweig, Paul: Walt Whitman: The Making of the Poet (La formación de un poeta), Nueva York, Basic Books, 1984.
