«Ningún hombre es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte del todo».
John Donne (1572-1631)
A veces me despierto con ideas en la cabeza. Vienen en forma de una sola palabra, una frase, una imagen. Hoy he visto un trigal dorado bailando al viento, bajo el sol.
Una chispa de pensamiento-sentimiento brotó con la palabra «semilla». Me quedé con la sensación de que, por frágiles que sean, como todas las semillas que brotan en busca de la luz del sol, multiplican su fuerza por cien cuando se exponen juntas a esa luz. Al contemplar la armoniosa danza de las espigas de trigo, sentí que la multitud de semillas conocía su fuerza.
Imagino que el núcleo de nuestro ser solo sobrevive cuando busca su energía trascendente de forma armoniosa, cuando se conecta con el núcleo del ser de los demás con los que nos encontramos en nuestra vida diaria. «¡Namaste!». [1] De esta manera, el Dios que hay en mí saluda al Dios que hay en ti.
El poeta metafísico John Donne dijo: «¡Ningún hombre es una isla!». Su contemporáneo, William Shakespeare (1564-1616), nos lanza un desafío cuando proclama en Hamlet: «¡Ser o no ser! Esa es la cuestión».
Entonces comprendí que somos verdaderamente nosotros mismos cuando nos damos cuenta de nuestra interacción trascendente con otros seres. Es una conexión esencial: un intercambio que hace crecer la Luz de nuestra esencia.
Trae este sentimiento-pensamiento de aquí y ahora, en estos tiempos de redes sociales y contactos interpersonales ligeros y rápidos, imagino que el conductor de Uber, con quien tengo un contacto muy breve, contiene una esencia que conversa con la mía. Juntos, somos semillas al sol. Y en el sol, nuestras esencias, brillantes, crecen felices, intercambiando chispas que nos enriquecen con cada palabra o silencio. En esos momentos, somos verdaderamente Seres Humanos.
Referencias
[1]“Te saludo, me inclino ante ti”, en sánscrito. (Nota del traductor)
