A lo largo del tiempo, el ser humano ha construido faros mágicos para escapar de las tormentas de la vida,
jugando con la arquitectura terrenal, los sueños y las utopías. ¡Cuántas revoluciones han intentado detener las manillas del tiempo, para labrarse un nicho de eternidad! ¿Cuántos naufragios ha habido en busca de ciudades del Sol inexistentes? Los nuevos mundos no son más que copias del mismo mundo, como bien sabían los gnósticos desde el comienzo.
El ser humano desilusionado y perdido de hoy, ya no tiene linternas mágicas de quimeras que puedan atravesar el océano oscuro, sino que intenta quemar en el brasero de la negación todo valor trascendente, toda antigua costumbre, como en la sucesión de antiguas dinastías chinas, quedando bajo un cielo vacío, en agonizante soledad.
La falsa rebelión anima a superar el Taedium Vitae que le asalta a la gente común que quisiera pasar página, pero que permanecen completamente identificados con el condicionamiento y los mecanismos inconscientes de la personalidad. Desmantelar la propia personalidad, liberar los circuitos cerebrales de todo lo que la cultura les ha inculcado, ir contra la corriente del pensamiento común o contra los hábitos, silenciar el ego, es un esfuerzo condenado al inevitable fracaso, sin tener a la vista un camino hacia el renacimiento: ese viaje al centro de la tierra, el acróstico V.I.T.R.I.O.L., que puede interpretarse, según Servier, como:
«Desciende a las profundidades de ti mismo y encuentra el núcleo invisible sobre el que puedes construir un nuevo ser humano».
Un viaje que puede conducir a Santiago de Compostela, como el que realizó Nicolás Flamel, o el del capitán Cook, que descubrió islas y archipiélagos uno tras otro, muriendo en el último puerto, en la isla de Sandwich. Una muerte que debe entenderse como muerte mística. Un viaje hacia el interior de uno mismo, ya que el conocimiento del mundo exterior pasa por el conocimiento del mundo interior.
Eliade recuerda que en la alquimia oriental:
«La búsqueda del elixir estaba vinculada a la búsqueda de islas lejanas y misteriosas».
Cuando el ego se atrinchera confortablemente en su torre de marfil, una fuerza inconsciente, amoral y arcaica irrumpe , lo que provocará una profunda sensación de desorientación. Un escenario de sufrimiento y dolor que une tanto al nihilista como a quienes emprenden un viaje espiritual.
El punto de partida es el mismo, pero el nihilista se detendrá al borde del abismo, sucumbiendo al laberinto de la psique inconsciente, mientras que el verdadero viajero, cuyo objetivo son los objetivos del Sí mismo, verá aparecer el arco iris, como en el admirable grabado de Durero «Melancolía» (1514). Una señal que indica las numerosas transformaciones de la personalidad, que aparece bajo diferentes luces, seguidas de estados de ánimo en constante cambio.
La película de Wim Wenders «Perfect Days» intenta abrirse paso en este mundo de ruinas. Jean Cocteau dijo:
«El cine es la moderna escritura cuya tinta es la luz».
Una mezcla de luces que se combinan hábilmente en la película que nos ocupa y que recuerda los colores de las tablas alquímicas del «Splendor Solis» de Salomón Trismosin.
Pasamos de la oscuridad de la noche, Nigredo (muerte mística), a las luces del amanecer, Albedo (obra blanca), hasta un final de resurrección, en el que un sol rojo reina en el cielo, representando la Rubedo (renacimiento). El protagonista pasa por todas estas fases sin dejarse arrastrar por un Tokio alienante, donde los rascacielos se elevan contra el cielo inaccesible y donde el dinero adquiere un lugar privilegiado: el equipo de béisbol gana porque tiene más dinero, el amor se conquista con dinero. Todo está podrido, desprovisto de valores, pero el protagonista no se desanima. Empezando por las cosas más pequeñas, intenta elevar su mercurio filosófico a través de la lectura, la poesía y la música, para desprenderse de una trágica vida cotidiana y de un trabajo que consiste en limpiar lavabos públicos. Pero, sobre todo, descubre lo que significa vivir sin un ego ávido y conflictivo: la poesía ya es una fuente de transformación.
La etimología de la palabra poeta, en el lenguaje de Safo y Alceo, significa «yo doy forma, yo construyo, yo creo». Para Henry de Vaughan, poeta y hermano del alquimista rosacruz Tomás, la poesía significa la búsqueda de una inocencia vigilante capaz de percibir la luz eterna, a través de la evocación de analogías que conectan el mundo de las apariencias y la finitud.
Finalmente, se produce el encuentro con “la sombra”, con esa angustia sin resolver que escondemos en nuestros polvorientos cajones y que no debe esquivarse, sino integrarse, superarse, sabiendo captar el mensaje que transmite.
El nihilismo del tercer milenio, que se disfraza de libertario y hedonista, crea en realidad una tiranía de los deseos, un automatismo entendido como dependencia de los bienes materiales y tecnológicos. Los centros comerciales se convierten en los verdaderos idola tribus de nuestra época. Un lugar de encuentro dominical para las familias. Desear es una actividad pasiva, porque no es un deseo de dar, sino un deseo de tener. Su objetivo es desplazar el centro de uno mismo fuera de uno mismo y está subordinado a la urgencia de la satisfacción. El deseo nos aleja de la voz de nuestra alma, que llama desesperadamente en las mazmorras de nuestro ser. El escritor Francis Scott Fitzgerald intuye la naturaleza ilusoria de la red de deseos que tejen los individuos:
«El deseo es un engaño. Es como un rayo de sol que deambula por la habitación.
Se detiene y cubre de oro un objeto insignificante, y nosotros, pobres necios, intentamos atraparlo, pero cuando lo conseguimos, el rayo se desplaza hacia otra cosa y nos quedamos con la parte insignificante en nuestras manos, mientras que el destello que nos hizo desearlo ya se ha desvanecido».
Mientras estemos atados por mil apegos, estaremos agitados e infelices.
Catharose De Petri insta a ello:
«No dejes que tu alma sea sensible a los estados de ánimo del ser natural.
Mantente más allá de la alegría y el dolor. Si te dejas arrastrar por toda la vorágine del tiempo, ¿cómo puedes formar parte de la eternidad?».
El ser humano moderno, siempre conectado a la red, ya no está conectado a los hilos de la consciencia que Ariadna, el alma, le ofrece para no perderse en los laberintos internos.
En las megaciudades, las personas, en un estado de agitación perpetua, van y vienen como hormigas en el hormiguero sin ser conscientes de sus sentimientos, sus acciones y los resultados de sus actividades.
William Blake, poeta y pintor, comprendió que las «oscuras fábricas de Satanás» del paisaje industrial contemporáneo, se construyeron a imagen y semejanza de una filosofía mecanicista que esclaviza a los seres humanos y aniquila el alma. En una era de epidemias como la que estamos viviendo, la moralidad económica burguesa que venera la santificación de la producción, insinúa sutiles mensajes darwinistas:
«Muchos de nosotros sucumbiremos, especialmente los más frágiles, pero resurgiremos más fuertes y preparados para producir».
En el libro de Marco Revelli «Umano Inumano Postumano» (Humano, Inhumano, Posthumano), se menciona un episodio significativo que ocurrió durante la epidemia del covid:
«Daniel Loeb, de Third Point, y Stephen Schwarzman, de Blackstone, se convirtieron en habituales de las teleconferencias casi diarias del presidente durante el pico de la epidemia, cuando las fosas comunes se llenaban en Nueva York, en Hart Island, la isla de los muertos, para asegurarse de que se mantuviera firme en la idea de que no estamos hechos para quedarnos quietos y de «meter en vereda» a esos cobardes gobernadores que escuchaban obstinadamente a los científicos y cerraban las fábricas»
(tomado del Washington Post, 24/03/2020).
En esta breve descripción de los males que afligen a la sociedad moderna, no se puede pasar por alto la pérdida del sentido de lo maravilloso, el asombro.
Especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, este realismo, tan querido por las burocracias progresistas de Oriente, triunfó:
«El primer tractor llega al pueblo»
era uno de los titulares recurrentes en la prensa.
Hoy en día, sin embargo, las fluctuaciones del PIB cobran mayor importancia. Vivimos en el caos descrito por Meyrink en su novela La noche de Walpurgis, donde los protagonistas pierden su individualidad, reducidos a sobrevivir solo a través de una serie de actos repetitivos, sin buscar nunca nada más elevado.
Algunos psicólogos hablan de la «represión de lo sublime» cuando se cierra la puerta espiritual, dando más importancia a la mente concreta y utilizando más el lado izquierdo del cerebro.
En nombre de la ciencia y de una filosofía definida como racional, la sociedad moderna pretende excluir cualquier misterio del mundo. El racionalismo, como creencia en la supremacía de la razón, proclama un verdadero dogma, negando todo lo que pertenece al orden supraindividual y a la intuición intelectual pura.
El sentido común cartesiano excluye la intervención de influencias espirituales en lo que se denomina «vida ordinaria».
En este, bien engrasado, mecanismo de relojería que pretende marcar cada momento de nuestro día, los asesinos de la magia matan, entre bastidores, al hipogrifo alado que yace dentro de nosotros y que puede conectarnos con cielos más puros.
«Dentro de cada hombre hay un niño muerto»,
dice Curzio Malaparte.
La capacidad de asombro es típica de la infancia, cuando el alma es capaz de captar fragmentos del alma en Unidad.
En la muralla china que nos rodea, aún pueden abrirse grietas. El océano de lo desconocido rompe sus olas contra la vida cotidiana: puede ser un libro que se abre por una página que había sido ignorada y revela significados importantes que no se habían percibido; pueden ser flores de hielo que se forman en el cristal de la ventana, dibujando patrones como joyas finamente labradas, pueden ser mensajes enviados por el alma del mundo; puede ser una sinfonía celestial que conecta con otras dimensiones; pueden ser sueños que indican un camino espiritual a seguir.
La ley de Hermes
«Quod Superior Sicut Est Inferior», (Como es arriba es abajo)
que resume la transición de la esfera del aire –Superior- a la esfera inferior de las aguas del devenir (y viceversa), es retomada por Arthur Osborne:
«Así como una esponja se impregna del aire, el agua y los componentes químicos de su entorno,
también nuestros cuerpos se impregnan de la materia sutil de los planos inferiores»
(“El significado de la existencia personal”).
Pero estos son solo ecos lejanos de los que los seres humanos solo pueden captar fragmentos.
En el Corpus Hermeticum está escrito que nuestra personalidad, con la que nos identificamos, no es solo terrenal, sino que también pertenece al zodíaco. El sistema zodiacal gobierna nuestras vidas, y nuestra personalidad está determinada por él. La personalidad que habitamos existe gracias a las doce actividades del zodíaco. Doce signos que representan doce vicios. En realidad, son doce imperfecciones que representan doce vicios, es decir, algo que aún no se ha convertido en virtud.
El camino hacia la liberación implica, por lo tanto, abandonar la rueda del zodíaco, la «rueda de la vida y la muerte», tal y como está escrito en una tablilla órfica del siglo IV a. C. La liberación comporta tejer la vestimenta nupcial dorada entre el alma y el espíritu.
